30 Planta de aluminio

Alberto Balcells, ex compañero en la escuela de Ingeniería, en Beauchef, Santiago, vivía en
Venezuela y se jactaba de que sus ojos azules lo hacían irresistible a las venezolanas.
Despues de muchos años sin vernos se acercó para proponerme invertir en una planta de
aluminio en el estado Guayana.
Balcells trabajaba como alto ejecutivo de la industria de aluminio que pretendía instalar
un árabe en sociedad con la Corporación Venezolana de Guayana (CVG).
La inversión total en la planta sería de alrededor de 3.000 millones de dólares de los
cuales el árabe aportaría cien, de los cuales nosotros, el grupo Clérico García pondríamos
seis.
Ésa era la proposición de Balcells. El resto lo pondrian la Corporacion Venezolana de
Guayana (CVG) y los bancos.
Me entregó diversos estudios cuyas cifras demostraban que la inversión era atractiva.
Le propuse el negocio a Clérico quien tendría que poner los 6 millones de dólares y darme
por la gestion un sexto de nuestra inversión.
Perdi el primer set.
Despues de tocar el tema algunas veces y de reunirnos a discutirlo, Clérico
consideró que faltaba información,
Compré por cien mil dolares un reporte escrito de cientos de páginas elaborado por una
corporación inglesa, el que mostraba el más completo detalle acerca de la industria del
aluminio y de las diversas plantas de aluminio que estaban en construcción o que estaba
previsto construir en los próximos 20 años.
Cuando llegué hasta Clérico con toda esa información éste sacó su enorme cuaderno
grueso, lo abrió en una página nueva y empezó a preguntar datos sencillos como el precio
por tonelada, el costo unitario, la cantidad a producir por año, durante cuántos años, etc.
En breve, las preguntas mas elementales.
Le dije: Sr Clerico, toda esa información está en este extraordinario reporte que compré
por apenas cien mil dolares.
Clerico contestó mira García, las cuentas que no muestran resultados muy favorables en
una sola página, de nada sirve que sean hechas con mayor detalle… Si en una página me
da un resultado atractivo entonces puedo seguir analizando el proyecto. Pero si las
cuentas más gruesas no dan no vale la pena estudiar los detalles.
Como las cuentas más gruesas le resultaron atractivas y el estudio en datalle también, se
lo hice saber a Balsells para regocijo de “ojos azules”.
Durante esos días nuestra empresa, Koyaike, construía diversas obras del desarrollo
minero “Los Pijiguaos”.
La tarde del día previo a la fecha en que debía reunirme con el árabe para hacerle entrega
de los 6 millones de dólares que invertiríamos en la planta de aluminio, me encontraba en
“Los Pijiguaos” apurando los mil detalles propios de la ejecución de una gran obra.
En Venezuela está prohibido que los aviones privados despeguen después del atardecer,
pero se me fue haciendo tarde en “Los Pijiguaos”.
A eso de las siete u ocho de la noche, ya plenamente oscuro hablé con el piloto del avión
que había alquilado y le dije que teníamos que volar a Caracas.

A pesar de sus reservas iniciales el piloto aceptó viajar, para lo cual se dispusieron varias
camionetas cuyos faros iluminaban la pista desde la cual despegaríamos
En medio de una lluvia muy intensa, truenos y relámpagos el pequeño bimotor despegó
alejándose de “Los Pijiguaos” en dirección al aeropuerto Los Caracas en Los Valles del
Tuy.
Cuando no había alcanzado 500 m de altura el avión empezó a incendiarse: aparecieron
llamas en el tablero de instrumentos.
Todo indicaba que los dos pasajeros morirímos en ese pequeño ataud incendiado en plena
selva.
Empezé a golpear con mi chaqueta el tablero en llamas y abrí todas las ventanas.
Un verdadero diluvio inundó el habitáculo del avioncito, apagó las llamas e hizo
desaparecer el humo que empezaba a resultar asfixiante.
Poco después de apagado el incendio ocurrió lo que siempre pasa en la maravillosa
Venezuela tropical: el cielo que arrojaba una lluvia aterradora dió paso a una noche
maravillosa que permitía ver en la distancia las luces de cada uno de todos los pueblos y
ciudades que había a nuestros alrededor y los mas lejanos y hasta llegar a Caracas.
El piloto, todavía casi sin habla me informó que no tenía ningún instrumento. El fuego
había quemado todas las instalaciones del avión.
Pero al menos se podía mirar por la ventana y volar en calma haciendo uso de los
instrumentos elementales como el timón y el control de los alerones.
El piloto quiso aterrizar en el pueblo más cercano.
Cuando íbamos llegando a ese pueblo le propuse que intentáramos llegar hasta otro
pueblo un poco más allá.
Y así.
Tras acercarse cada vez hasta ese pueblo un poco mas allá y finalmente no aterrizar en él,
llegamos al aeropuerto Los Caracas que era al que necesitaba llegar porque al día
siguiente tenía que reunirme a primera hora con el árabe para invertir en la industria de
aluminio.
Ya volando sobre el aeropuerto Los Caracas, como es de rigor cuando un avión no puede
comunicarse con la torre de control, el piloto hizo dos pasadas en vuelo rasante sobre la
pista para hacerle ver a la torre de control que necesitaba aterrizar.
En medio de la oscuridad no hubo señal alguna de que la torre de control se hubiera
percatado de la presencia de la nave, la que aterrizó sin inconvenientes.
Cuando llegamos caminando hasta la torre de control pudimos enterarnos que, como es
habitual en Venezuela, los funcionarios no se habían percatado de que un avión sin
medios de comunicación había avisado su intención de aterrizar y de que en efecto lo
había hecho.
Permanecí dos horas caminando sobre la pista rumiando la decisión que había tomado
durante ese vuelo que fue aterrador desde el momento en que empezó el incendio hasta
que logré apagarlo, agitado hasta que tropezó con el maravilloso cielo de Venezuela y de
ahí para adelante sin mas problemas que conseguir que el piloto accediese a seguir
acercándose al destino final.
Una vez que tuve la decisión absolutamente clara tomé un taxi hasta casa de Graciela en
Caracas, en Los Cortijos cerca del parque del mismo nombre.


Al día siguiente a las siete de la mañana llegué hasta donde Clérico para participarle mi
decisión de no invertir en la planta de aluminio.
Clérico puso el grito en el cielo: García cómo es posible que después de tanto tiempo que
te costó convencerme y despues que ya tengo el cheque preparado y los recursos
disponibles en el banco me vengas a decir que no debemos invertir en este proyecto.
Mi respuesta fue: si en los últimos 10 años ningún proyecto de la Corporación Venezolana
de Guayana ha llegado a buen término, qué nos hace creer que este proyecto, que es
mucho más grande que todos los que han fracasado, va a tener éxito en los próximos 10
años.
Mi tesis es que nada de lo que pueda hacer la Corporación Venezolana de Guayana llegará
a buen término porque está involucrada en el proyecto esa Corporación cada día más
oscura, corrupta e ineficaz. Por consiguiente sería una locura invertir asociados con ellos
y como sin su participación no podemos desarrollar este proyecto lo recomendable es no
hacer esta inversión.
Clérico aceptó mi decisión y me pidió ir solo a la reunión con el árabe que nos esperaba
con los brazos abiertos porque suponía que veníamos con un cheque de 6 millones de
dólares.
Cabe mencionar que al hacer esa inversión yo quedaba como titular de acciones por un
millón de dólares, lo que me convertía en una persona sustancialmente más rica que lo
que era en ese momento, pero un frío análisis me condujo a no caer en esa tentación.
Los hechos demostraron que la decisión fue acertada porque el árabe nunca llegó a
concretar ese proyecto en el que se había asociado con la Corporación Venezolana de
Guayana
Inmediatamente antes de reunirme con el árabe en los pasillos de su empresa conversé
con ojos azules Balcells.
Poco faltó para que le diera un infarto cuando supo que le comunicaría al árabe la decisión
de no invertir, que no había cheque por 6 millones de dólares y que su sueño de
materializar este proyecto dejaba de ser posible.